martes 20 de diciembre de 2011

Don Quijote de Italia - Edoardo Gallina






En un lugar de Italia, no ha mucho tiempo que vivía un modesto noble que no pasaba de los setenta años. Tenía en su casa un ama extranjera que le limpiaba su habitación y que le preparaba para comer junto a un joven de algún país del Este que le asistía en su vejez. Así que, por su edad avanzada, los días que estaba ocioso eran los más del año, y los pasaba delante de la tele.
Se daba a ver la tele y jugar a los vídeo juegos con tanta afición y gusto que olvidó la administración de su hacienda, pasando las noches mirando la tele de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir, de los muchos noticiarios televisivos y de las muchas películas americanas que vio, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio.

Se le llenó la cabeza de todo aquello que veía en la tele. Así que una mañana se despertó convencido de que era un médico de una de aquellas series televisivas y se fue al hospital más cercano: lo único que hizo fue discutir los diagnósticos de los otros médicos y hablar con los enfermos: “Para mí que este brazo no está bien puesto, deje que se lo ponga bien yo!” y fue así que rompió un hombro a un pobre desgraciado que estaba allí esperando sus almohadillas; y estaba en la sala de espera diagnosticando cáncer a todo aquel que veía: “Mmm…no tienes buen color, para mí que tienes cáncer” molestando y asustando a todos los presentes.

Pero, solo una vez que se salió del hospital, encontró su final: se acordó de las películas de Rambo y de la tele que habla siempre de inmigrantes así que en su casa desempolvó un viejo revólver y asaltó a la primera tienda de chinos que vio. Con el primer golpe de revólver se dislocó la muñeca pero continuó sin darse cuenta; creía estar en una guerra así que no respondió a las intimaciones de la policía, que solo querían herirlo para que no continuara con su locura, pero solo consiguieron matarlo.

Aquí termina la historia de Don Quijote de Italia, hijo de mí bolígrafo y de ningún otro.

Edoardo Gallina.


DELEITES / COMENTARIOS, AQUÍ ABAJO.