lunes 26 de diciembre de 2011

Historia de una pícara moderna



Nunca conocí a mi padre y el día en que cumplí mis ocho años mi madre se murió, dejándome sola, sin cosa alguna, a pesar de una frase que decía más o menos “que tengas buena suerte”.               

Pues, hay que decir que tras todo lo que me ha ocurrido, la suerte de que la buena alma de esta mujer habló, nunca me ha abandonado, afortunadamente.

Aún me acuerdo del día en que por primera vez intenté buscar trabajo, dando con una vieja monja, la que procurò establecerme en un centro, cerca de la Iglesia de Bucarest; ella se llamaba Lucía, como yo, aunque éramos dos personas totalmente diferentes, tanto que me vi obligada a escapar del convento al poco tiempo, por el hambre y la violencia que tuve que padecer.

Como por milagro, en cambio, un día, mientras estaba yendo a buscar agua, encontré a un hombre y a una mujer, los que en cuanto me vieron, empezaron a cabla rápidamente entre ellos, en una lengua que no entendía, la que me parecía algo como español, aunque no lo era, para gritarme en seguida que me parara y preguntarme algo. 

Así, tras aquel encuentro me fui a Italia, la patria de aquellas personas, las mismas que al día después me llevaron a un lugar que ahora conozco como “estudio fotografico”, en el cual otros cuatro hombres empezaron a comentar mi llegada, hecho del que me avergoncé bastante, aunque sus caras expresaran satisfacción.

Pues, ahora soy modelo y trabajo para una casas de moda famosas aquí, he mejorado un poco mi habla y he conseguido casarme con un hombre muy rico, que me dice que me ama cada día más, a medida que pasa el tiempo.

Cierto es que no puedo quejarme, estoy feliz y no me falta nada que a la vida pudiera pedir.

Elena Reato - IV E





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