Nunca conocí a mi padre y el día en que cumplí mis
ocho años mi madre se murió, dejándome sola, sin cosa alguna, a pesar de una
frase que decía más o menos “que tengas buena suerte”.
Pues, hay que decir que tras
todo lo que me ha ocurrido, la suerte de que la buena alma de esta mujer habló,
nunca me ha abandonado, afortunadamente.
Aún me acuerdo del día en que por primera vez
intenté buscar trabajo, dando con una vieja monja, la que procurò establecerme
en un centro, cerca de la Iglesia de Bucarest; ella se llamaba Lucía, como yo,
aunque éramos dos personas totalmente diferentes, tanto que me vi obligada a
escapar del convento al poco tiempo, por el hambre y la violencia que tuve que
padecer.
Como por milagro, en cambio, un día, mientras estaba
yendo a buscar agua, encontré a un hombre y a una mujer, los que en cuanto me
vieron, empezaron a cabla rápidamente entre ellos, en una lengua que no
entendía, la que me parecía algo como español, aunque no lo era, para gritarme
en seguida que me parara y preguntarme algo.
Así, tras aquel encuentro me fui a
Italia, la patria de aquellas personas, las mismas que al día después me
llevaron a un lugar que ahora conozco como “estudio fotografico”, en el cual
otros cuatro hombres empezaron a comentar mi llegada, hecho del que me
avergoncé bastante, aunque sus caras expresaran satisfacción.
Pues, ahora soy modelo y trabajo para una casas de
moda famosas aquí, he mejorado un poco mi habla y he conseguido casarme con un
hombre muy rico, que me dice que me ama cada día más, a medida que pasa el
tiempo.
Cierto es que no puedo quejarme, estoy feliz y no me
falta nada que a la vida pudiera pedir.
Elena
Reato - IV E
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